Chile » Región » San Francisco de Mostazal » Literatura » Cuentos » Jueves 12 de Marzo del año 2015 / 9:11 Hrs.
cuento chileno El medio Pollo
Estera y esterita para secar peritas, estera y esterones para secar orejones...



Estera y esterita para secar peritas, estera y esterones para secar orejones, no le echo más chacharachas porque la vieja es muy lacha, ni le dejaré de echar porque de todo ha de llevar. Y estera una gallina clueca echada en quince huevos.

Y aquí principia el cuento del Medio-Pollo.
Parece que la gallina se levantó del nido antes de tiempo y muy conforme con catorce pollitos que decían:
“Pío-pío-pío, que tenemos hambre, que tenemos frío.” Era bastante para la pobre gallinita castellana corretear de un lado a otro en busca del grano; soportar a catorce pollitos, que unos se le trepaban al espinazo, otros le picoteaban la nariz. ¡Ay, hijitos de mi alma!, ¡catorce niñitos malcriados es mucho para una sola mamita!.

¡Cuál no sería el espanto de la gallina castellana cuando ve que se abre el último cascarón y sale un medio-pollo! Le faltaba un ala, una pata, un ojo.
—¡Pobrecito, mi medio pollito! —exclamó la gallina, que era muy buena madre—; la culpa es mía si eres defectuoso. No tuve paciencia para quedarme echada un día más...
Y desde aquel día, el Medio-Pollo fue el regalón de la clueca. Para él era el mejor grano, el pasto tierno, el mejor abrigo bajo el ala derecha. Y el Medio-Pollo se puso muy en greído y se creía un gran personaje.

“Mis catorce hermanos son todos iguales —decía—,mientras que yo soy diferente. Mientras ellos andan veinte pasos, yo doy un brinco y los gano.”
Y así era, a saltitos y brincos, el pollo se paseaba por todas las vecindades, escudriñaba los escombros y basurales y fue el primero que se independizó de la clueca y el que menos la molestaba.

Un buen día, escarbando con el pico en un basural, encontró el Medio-Pollo una pepita de oro y casi se la tragó.
“Esto no es maíz, ni trigo —dijo el Medio-Pollo—; esto es lo que los hombres llaman oro y vale mucho dinero. Mi mamita está ya poniéndose vieja y mis hermanos no saben trabajar. Lo mejor será que yo le lleve al rey esta pepita de oro de regalo. El me dará trigo para mi mamita.”

Así lo pensó el Medio-Pollito y se fue donde la castellana. La pobre gallina estaba toda desplumada de tanto trajinar en busca de alimento para los catorce pollos y, para colmo, había cogido un romadizo que la tenía a muy mal traer.

—Mamita, vengo a pedirte tu bendición porque me voy a visitar al rey —dijo el Medio-Pollo—, muy respetuoso—.No volveré hasta que traiga lo suficiente para el descanso de tu vejez.

—¡Cómo te vas a ir tan lejos y solito! —chilló la gallina con voz ronca por la pepa que le molestaba en la garganta.

—No te aflijas, viejecita, he de volver rico. Tanto rogó el Medio-Pollo, que la gallinita le dio la bendición entre lágrimas y estornudos, y el Medio-Pollo salió brincando y saltando.

Y salta que salta, y brinca que brinca, el Medio-Pollo anduvo día y noche.

Iba ya muy lejos de su gallinero, cuando encontró un arriero con una recua de mulas.
—¿Para dónde vas, Medio-Pollo? —preguntóle el arriero.
—Voy donde el rey a regalarle esta pepita de oro.
—No sigas adelante, Medio-Pollo. Mira que yo me he regresado porque el río viene muy grandazo.
—Yo no le tengo miedo al río, y sigo adelante —dijo, resuelto, el pollito.
—Ya que eres tan valiente, ¿por qué no me llevas con mis mulitas?
—Bueno. Métete en mi piquito y tráncate con un palito —respondió el Medio-Pollo.

Y diciendo esto, abrió el pico y el arriero comenzó a echarle dentro las mulas y el Medio-Pollo tragaba y tragaba.

Ya habrán comprendido que este Medio-Pollo, tan valiente y atrevido, estaba encantado.
Le cupieron dentro del buche todas las mulas y el arriero; él, tan campante, siguió saltando y brincando hasta llegar a orillas del río.

“¿Qué hago ahora? —pensó—. Con una sola ala no puedo volar... No hay más que me tomo toda el agua del río, y cuando quede seco paso al otro lado.”

¡Qué Medio-Pollo tan atrevido! Para él no había dificultad y sabía, por habérselo oído a la comadre pata, que "Quien no se arriesga, no pasa el río.”
Y comenzó a tragar y tragar.

¡Cómo estaría dentro el arriero con sus mulas! Se taparon con las árguenas y, acurrucados, dejaron correr el agua.

El Medio-Pollo salió con la suya y cruzó el río por las piedras, a saltitos y brincos.

Después de mucho caminar, se encontró con un puma.
—¿A dónde vas, Medio-Pollo? —rugió el puma.
—No grite tanto, compadre león —respondió el viajero—, mire que yo soy un personaje muy poderoso y ahora mismo voy a visitar al rey.
—¡A mí también me gustaría visitarlo, compadre! —respondió el león con voz más suave—. ¿Por qué no me llevas tú que sabes el camino?
—Bueno. Métete en mi piquito y tráncate con un palito.
Diciendo esto, abrió el pico el Medio-Pollo y el puma se coló dentro de un solo salto.
¡Cómo estaría el arriero! El susto fue grande, pero metido dentro de las árguenas, no había cuidado.

“¡Con tal de que no lleve más pasajeros, todo va bien!”, dijo para sus adentros.
El Medio-Pollo brincaba y saltaba, como si no llevase carga.

Más tarde encontró un zorro, que se estaba haciendo el dormido a orillas del camino.
—Compadre zorro, ¿qué hace por estos andurriales? -preguntó el viajero.
—¡Ay, compadre! —respondió el zorro—, ¡estoy tan cansado y muerto de hambre!
—¡Pobre compadre! Si quieres te llevo donde el rey. Allá hay comida para todos.
El Medio-Pollo sabía que los zorros son aficionados a los pollos, pero, como tenía muy buen corazón, se compadeció de su enemigo.
—¿Y cómo me llevarás, compadre? —dijo el zorro.
—Métete en mi piquito y tráncate con un palito.
Abrió el pico el Medio-Pollo y el zorro se coló dentro.

Al cabo de tres días llegó el Medio-Pollo al palacio del rey. Saltando y brincando, pasó por entre las piernas de los centinelas y entró a la sala del trono.
—Mi rey, mi soberano —dijo el Medio-Pollo, haciendo una reverencia—, he venido de muy lejos a traerle a su sacra real majestá esta pepita de oro.
El rey agradeció el regalo y mandó a sus pajes que llevaran al Medio-Pollo al gallinero.

—Le dan trigo y maíz hasta que se llene —dijo el rey.
Pero cuando llegó el Medio-Pollo al gallinero, todos los gallos, las gallinas, los pavos y las pavas, los gansos y las gansas, los patos y las patas se le fueron encima y casi se lo comen vivo.

El forastero, que estaba realmente como pollo en corral ajeno, de un brinco trepó a las trancas y cantó:
—¡Qui-qui-ri-quí!
Después bostezó, hizo una arcada y arrojó el zorro.
—Gracias, compadre —dijo el zorro—. Ya tengo con qué
matar el hambre.
Y comenzó el zorro a torcerles el pescuezo a los gallos y a las gallinas, a los pavos y a las pavas, a los gansos y a las gansas, a los patos y a las patas.
¡Qué media panzada se dio el zorro hambriento!
Al otro día fueron los pajes a llevar maíz y trigo para el visitante. Cuando vieron el alto de plumas y ningún ave en el gallinero, los pajes se quedaron patifríos y tiritones.
—¡El Medio-Pollo se ha comido todas las aves! —exclamaron, y se fueron a todo correr a contárselo al rey.
—¿Qué hacemos con el Medio-Pollo? —dijo el rey—. Yo no puedo matarlo porque me trajo un regalo.
—Echémoslo en el potrero —propuso un paje—. Las vacas lo matarán a cornadas y su majestad no tendrá la culpa.
—Bueno —dijo el rey—. ¡Pero cuidado! ¡Trátenlo como un invitado del rey!
Los pajes lo echaron al potrero y el pobre Medio-Pollo se vio acosado por las vacas, que lo perseguían a cornadas.
Como pudo, saltó a un maitén, hizo una arcada y arrojó al león.

Las vacas trataron de escapar, pero el puma las mató a todas y se las comió. Cuando al día siguiente llegaron los pajes, no encontraron más que los huesos, y el Medio-Pollo cantaba a todo lo que le daba el gaznate:
—¡Qui-qui-ri-quí!
De espanto se fueron de espaldas los pajes, y ahí se quedaron tiesos, hasta que el Medio-Pollo cantó con más ganas:
—¡Qui-qui-ri-quí!
Entonces se levantaron y se fueron a todo correr a contárselo al rey

—¡El Medio-Pollo se ha comido todas las vacas! —gritaron—. ¡Hay que matarlo!
—¡He prohibido que lo maten! —exclamó el rey—. Me trajo un regalo y no puedo matarlo.
—Si su majestá me lo permite —propuso un paje—, yo lo agarro vivo y lo echo al horno junto con el pan. Eso no es matarlo; es asarlo... Si no, él nos comerá a todos...; no se llena nunca...
Consintió el rey en que lo arrojaran vivo al horno.

Los crueles pajes aguardaron que el horno estuviera bien caldeado, y echaron dentro al Medio-Pollo. El infeliz saltó en una patita hasta la puerta; ya se le estaban chamuscando las plumas y no sabía qué hacer.

No se acordaba del río que llevaba en el buche; pero con el calor se alborotaron las aguas, y antes que alcanzara a cantar por última vez, se escurrieron por el pico, inundando el horno y apagando el fuego. Y corría el agua por el patio, y el río iba buscando por dónde volverse a su lecho y arrasando con todo lo que encontraba al paso.

El Medio-Pollo se fue donde el rey y le contó que los pajes le habían querido matar, y que no era culpa de él si el río se le había salido del cuerpo.
—Yo les había prohibido a los pajes que te mataran —dijo el rey—. Ahora pídeme lo que quieras en cambio de tu regalo.

—Yo quiero irme a mi tierra, su sacra real majestá —respondió el Medio-Pollo—. Mi mamita ha de estar con cuidado, porque he tardado tanto. Pero quería llevarle trigo y maíz para que descanse en su vejez.
—Veo que eres buen hijo —respondió el rey— y te daré todo lo que tú puedas llevar.
Los pajes se rieron mucho al oír esto.
—¿Qué podrá llevar este Medio-Pollo? —decían.
—Qui-qui-ri-quí —cantó éste, y dio un bostezo.
En el acto salió el arriero con sus mulas.
—Mándanos, Medio-Pollo —dijo el arriero.
—Carga las árguenas con trigo y nos vamos a mi tierra—respondió el Medio-Pollo.
Al ver aquello, los pajes se cayeron de espaldas y se quedaron tiesos.

Cuando despertaron, iba saliendo el arriero con sus mulas cargadas de trigo, y el Medio-Pollo se despedía del rey cantando:
—¡Qui-qui-ri-quí!
Al llegar a su gallinero, el Medio-Pollo repartió las cargas con el arriero: la mitad para cada uno.
La gallina castellana, que ya estaba vieja y desplumada, sacudió las alas de contenta y abrazó a su hijito regalón.
—¡Con paciencia todo se alcanza! —dijo la pata vieja, acercándose a probar el trigo.

Y se acabó el cuento y se fue por la mar adentro, pasó por una olla de porotos,para que luego me cuente otro.

FIN





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